martes, febrero 9

Alegoría











El destino le había hecho vivir donde no quería y, además, no le había dado armas para evitarlo. Siempre quiso estar entre iguales pero se vio obligado a una existencia en soledad, y en aquella especialmente dura, la que se siente a pesar de estar en compañía. Aún así, la vida tenía que seguir y seguía, el oxígeno y el dióxido de carbono se intercambiaban sin cesar en su organismo y todo resultaba como se esperaba de él. Menos para él, para quien la fotosíntesis no lo era todo en la vida.

Aquel pinar era un lugar paradisíaco para cualquier árbol, o mejor dicho, para cualquier pino, pero él era un eucalipto y necesitaba sentirse entre sus iguales, en el eucaliptal, y se hundía a veces en profundas crisis de melancolía por no saber cambiar su destino. Los pinos, generosos, siempre intentaron consolarlo, integrarlo, pero todo fue en vano.

Cuando de mañana paso junto a él siempre me paro, y lo acaricio sin importarme qué pensarán de alguien que le habla a los árboles mientras los toca. Qué sabe nadie de nuestra complicidad.

Sentir su robustez me da serenidad, la que necesito, y a mí me gusta pensar que, cuando le hablo y le acaricio, sus hojas se vuelven hacia el sol dejando en el pinar algo más que el oxígeno que respiro.

viernes, febrero 5

Ojalá

Ojalá hubieras estado allí. Al subir al tren, aquel romántico tren con nombre de pintor, con aquel reducido pero acogedor compartimento del wagon-lit. Al cenar en el vagón restaurante y al encontrarme la cama preparada a la vuelta. Y compartir mi sueño.

Ojalá hubieras estado allí. Al despertar mecido por el suave traqueteo de la marcha, al ver amanecer mientras desayunaba, al llegar a la estación de Austerlitz y asustarme por no entender nada de lo que oía o leía.

Ojalá hubieras estado allí. Al ver el cielo siempre cambiante sobre el agua eterna del Sena, al sentir la inmensidad del espacio abierto, en l´Étoile, en Touliries, en Champs de Mars, en Sacré-Coeur,…

Ojalá hubieras estado allí. Al inundar mi corazón de arte en el Louvre, en el D´Orsay, en el Pompidou, en el Picasso.

Pero no podía ser. No podía ser que fueras tú quien compartiera todo el derroche de emociones, y ya sabes por qué. Ojalá la próxima vez. Porque París siempre merece una próxima vez, y cuando eso ocurra, ojalá que estés allí.