El destino le había hecho vivir donde no quería y, además, no le había dado armas para evitarlo. Siempre quiso estar entre iguales pero se vio obligado a una existencia en soledad, y en aquella especialmente dura, la que se siente a pesar de estar en compañía. Aún así, la vida tenía que seguir y seguía, el oxígeno y el dióxido de carbono se intercambiaban sin cesar en su organismo y todo resultaba como se esperaba de él. Menos para él, para quien la fotosíntesis no lo era todo en la vida.
Aquel pinar era un lugar paradisíaco para cualquier árbol, o mejor dicho, para cualquier pino, pero él era un eucalipto y necesitaba sentirse entre sus iguales, en el eucaliptal, y se hundía a veces en profundas crisis de melancolía por no saber cambiar su destino. Los pinos, generosos, siempre intentaron consolarlo, integrarlo, pero todo fue en vano.
Cuando de mañana paso junto a él siempre me paro, y lo acaricio sin importarme qué pensarán de alguien que le habla a los árboles mientras los toca. Qué sabe nadie de nuestra complicidad.
Sentir su robustez me da serenidad, la que necesito, y a mí me gusta pensar que, cuando le hablo y le acaricio, sus hojas se vuelven hacia el sol dejando en el pinar algo más que el oxígeno que respiro.
