12 de julio de 2019

Octubre, 2016

Mi compañero de taquilla en el curro me mira siempre. Al principio, a hurtadillas, y desde hace poco, descaradamente. En mi caso, me conformo con el rabillo del ojo. Es rechonchete pero tiene ojazos y piel morena.
Me da cierta tranquilidad el hecho de que está casado y tiene hijos -como este cronista- y me permito cierto giro cervical para fisgar sus contundentes formas en calzoncillos, con desvergonzada desinhibición por mi parte. Esto ha dado lugar a que una mañana ha traspasado la linea roja de la observación y ha dado el paso que separa físicamente nuestras taquillas, para acercar su boca a mi cuello, susurrarme algo al oído y acariciarme el paquete.
He rechazado tiernamente el ofrecimiento, de tal forma que actualmente seguimos hablándonos con naturalidad y con la complicidad absurda de aquellos que no hemos salido del armario.

29 de junio de 2019

Agosto, 1978

De lejos parecía joven, de cerca resultó llevarme una década de ventaja. Paseaba por la orilla de la solitaria playa. Hoy en día no queda ni un metro de soledad en aquella orilla.
Yo estaba desnudo, me puse de pie para que me viera y acudió al reclamo. 
Nos encontramos tras las dunas, ocultos en el enebral. Estuve a punto de escapar cuando vi que el tanga que llevaba era de croché, pero terminé por quitárselo e ir directamente al grano.
Él terminó y se largó, no sin pedirme disculpas por no haber sido cuidadoso en la penetración. Fue muy educado, eso sí. Yo, pues me fui al agua y opté por masturbarme en inmersión. Muy recomendable eso. Sí.