
Al entrar en la sala ya iba ansioso y cuando mire a la derecha y lo vi, al fondo, iluminado como por el cielo claro, se me secó la boca y se me humedecieron los ojos. El corazón se aceleró ligeramente cuando me acercaba a él y siguió así mientras lo rodeaba lentamente y lo adoraba desde todos los ángulos que el artista había previsto que lo adoraran. Sin ser un dios. Tarea imposible imaginar que un día fuera un pedazo de la tierra de Carrara. Imposible, también, no enamorarse de él.
Inspirado en El Espinario, de Uno. Otro ángulo al pie del blog.
