Aquella pregunta fue una declaración de intenciones. Formulada así, en medio de la noche calurosa de finales de curso, en la intimidad de la habitación de una modesta residencia de estudiantes, resultó una autodelación.
- ¿Tú duermes muy profundamente, Diego?
Tu habitual mirada distante, al oír la pregunta, se concentró en mis ojos, quemándome como cuando se concentra la luz del sol a través de una lente. Me miraste como solías mirar a las tías con las que te acostabas en aquella misma habitación y de las que me contabas luego las hazañas de cama, y te acariciaste el pecho desnudo mecánicamente como hacías a menudo. Desde ese momento no te hicieron falta las palabras para hacerme saber cuáles eran tus deseos y en qué momento querías verlos cumplidos. Dejaste de acariciarte y supe que yo debía de continuar, como también supe que las caricias debían proseguir traspasando el límite del cinturón acabando mi mano empapada a borbotones.
Fue un mes y medio, el de ese fin de curso, desenfrenado. Me hiciste delirar cuando tu boca llenaba la mía, cuando el siempre inesperado sabor dulce me desbordaba la garganta y cuando me inundabas con tu cuerpo desnudo ondeando abrazado tras de mí. Después de cada explosión te ibas sin decir adiós, sin saber si llamarías a la puerta otra vez, dejándome con el sabor agridulce de haberte hecho feliz aún a costa de mi insatisfacción y con la certeza de saberte otras veces, en la habitación de al lado, gozando con una mujer.