5 de abril de 2009

Diego, el hetero.

Aquella pregunta fue una declaración de intenciones. Formulada así, en medio de la noche calurosa de finales de curso, en la intimidad de la habitación de una modesta residencia de estudiantes, resultó una autodelación.
- ¿Tú duermes muy profundamente, Diego?
Tu habitual mirada distante, al oír la pregunta, se concentró en mis ojos, quemándome como cuando se concentra la luz del sol a través de una lente. Me miraste como solías mirar a las tías con las que te acostabas en aquella misma habitación y de las que me contabas luego las hazañas de cama, y te acariciaste el pecho desnudo mecánicamente como hacías a menudo. Desde ese momento no te hicieron falta las palabras para hacerme saber cuáles eran tus deseos y en qué momento querías verlos cumplidos. Dejaste de acariciarte y supe que yo debía de continuar, como también supe que las caricias debían proseguir traspasando el límite del cinturón acabando mi mano empapada a borbotones.
Fue un mes y medio, el de ese fin de curso, desenfrenado. Me hiciste delirar cuando tu boca llenaba la mía, cuando el siempre inesperado sabor dulce me desbordaba la garganta y cuando me inundabas con tu cuerpo desnudo ondeando abrazado tras de mí. Después de cada explosión te ibas sin decir adiós, sin saber si llamarías a la puerta otra vez, dejándome con el sabor agridulce de haberte hecho feliz aún a costa de mi insatisfacción y con la certeza de saberte otras veces, en la habitación de al lado, gozando con una mujer.


3 de abril de 2009

La reproducción prohibida.

No me mola casi nada el surrealismo, es que no me transmite. De nada le vale tanta técnica conmigo. Sin embargo, buscando una imagen por la internet que definiera gráficamente mi perfil de maricón latente me encontré con esta Reproducción Prohibida de René Magritte, bastante conocida y cuyo recuerdo yacía enterrado en mi memoria histórica.
Los expertos se hacen verdaderas pajas mentales interpretando esa imagen del hombre que al mirarse al espejo del recibidor éste no le devuelve el esperado reflejo frontal de sí mismo, llegando hasta a mezclar el libro de Poe que reposa en el estante con Freud, cómo no, en sus especulaciones.
Yo, queridos extraterrestres, muy en mi linea masoca-victimista de la que ya estaréis curados de espanto, me identifico doblemente con este cuadro, tanto con ese hombre gris y anodino que no quiere verse a sí mismo, que le aterra tanto su verdadero rostro que no soporta verlo reflejado, como con ese ser vencido que acaba dándole la espalda a sí mismo.