6 de marzo de 2009

Mary and Freddie

Unos comentarios cruzados con Rezor me ha traído a la memoria una pareja famosa aunque no precisamente por protagonizar la típica historia de amor. Rezor hablaba de verdades y farsas y muchas historias de amor están llenas de matices alejados de los blancos y negros de los melodramas, como es mi caso, que comprendo que le será imposible de encajar en sus esquemas a más de uno que lea este delirante blog.
Nadie podrá negar la historia de amor de Mary Austin y Freddie Mercury, con sus pasiones, sus cuernos, su complicidad y su duración hasta la muerte de Freddie, en sus brazos, pues fue ella quien lo cuidó en sus últimos momentos. Buscad en el Google quienes no sepáis de ellos. Y nadie podrá negar tampoco que habrá tíos igual de maricones que Freddie pero seguro que más que él, pocos. Y que no me vengan con la película de la bisexualidad que me meo de risa.
Pues debe haber miles de historias híbridas, de maricones latentes repartidos por el mundo, de extraterrestres en el espacio. Como hay también millones de maricones unidos a maricones iguales que ellos y sin ningún tipo de dudas ni matices. Pero una cosa no quita la otra. Cada extraterrestre es un mundo.




3 de marzo de 2009

Stoomen, el virtual

Va para un año que no hacemos guarradas ante la webcam, quizás más, y no es por falta de ganas. Bueno, para ser más exactos, ante el ordenador porque él nunca enchufó la suya con la excusa boba de que estaba estropeada o que tenía un sistema operativo anticuado. Yo no dejaba que viera mi cara a pesar de que siempre me lo pedía insistentemente en cada sesión. Me daba miedo, tenía mucho que perder si era descubierto, porque ¿qué sabía yo de él?. Ni siquiera tenía nombre, tan sólo un nick, Stoomen, que nunca quería explicar qué significaba. Tan sólo tenía una foto que supuestamente era de él, en cualquier caso de un treintañero guapetón tumbado en la hierba.
Así, permanecíamos unas horas unidos por el messenger, mi cuerpo obediente ante la cam, sus dedos deslizándose ágilmente por el teclado, dando órdenes. Eso es lo que yo recibía de él, deseos inconfesables, caprichos que complacía puntualmente. No podía ver nada de él pero en cuanto empezaba a leer en la ventana del messenger sucumbía como un perro dócil porque dominaba perfectamente los resortes que hacían plegarme a sus fantasías. A veces, cuando estaba solo en su casa, me hablaba por el micro y entonces aquello era la locura, pues  parecía que lo tenía a mi lado pudiendo casi olerlo. Cuando no podía más y me corría él ya lo había hecho un par de veces. O por lo menos eso decía y a mí me ponía caliente imaginar que era cierto.
Así acababa cada sesión, quedando para la próxima vez que nuestros trabajos nos lo permitieran. Pero hace más de un año que no puedo conectar la webcam para ponerme a su disposición porque las cosas han cambiado en casa y paso poco tiempo solo. Y le echo tanto, tanto de menos.